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Enriqueta García García, Queta, de La Cabaña.

“Tuve una vida muy dura”, pues “mi madre siempre gastó mala salud y mi marido estuvo muchos años enfermu”, por lo que “a partir de que nació el primer fíu ya non salíamos pa ningún sitiu… siempre trabayando y cuidando… ”, así que “empecé a salir cuando me jubilé y a partir de ahí…¡sí que disfruté de lo lindo!”, relata Queta.

Publicado el 03/12/2018
El tapin Enriqueta García García, Queta, de La Cabaña.

Queta nació el 1 de enero de 1932 en La Cabaña, pues sus padres, Rufo El Xingu y Socorro,eran de allí, pero se crió en El Tochal, un barrio de Vega de Poja cercano a la iglesia de San Martín, en una casa propiedad de su tío, donde vivió con sus padres y sus dos hermanos hasta los catorce años, cuando sus padres construyeron una casa en el barrio de La Cabaña donde  Queta sigue viviendo ahora, 72 años después.                                                                     Fue a la escuela de Vega de Poja hasta que tuvo doce años, que era lo habitual en aquellos tiempos,  pues los niños ayudaban en las labores de casa y de la casería desde bien pequeños: ir a buscar agua a la fuente, a llendar les vaques, a coyercastañes o bellotes, eran labores habituales de los niños y niñas de la época.

A los 24 años se casó con su vecino Fernando, los llevó un taxi a la iglesia y el banquete lo celebraron en casa, con la familia más cercana. Tuvieron dos hijos y una hija: Francisco Javier, María Isabel y Jorge. Los dos primeros nacieron en casa con la única asistencia de una comadrona pues no era costumbre que ningún obstetra  siguiera el embarazo. “La única vez que fui al médicu en tol embarazu fue pa lo que llamaben ‘el ajuar sanitario’, que nos daba el médicu de cabecera cuando tábamos de siete meses y que consistía en un maletín de cartón con utensilios pa cortar el cordón umbilical, compresas… vamos pa que cuando viniera la comadrona tuviera con que atendete”, aclara Queta. La niña, que fue la segunda de sus hijos, nació con fisura palatina y le dijeron que la tenían que operar, aunque sin garantías “de si quedaría bien o mal… o de si sobreviviría a la operación”. Así que allá se fueron Queta y Fernando con su bebé a Madrid, donde la iban a operar. Ella recuerda con emoción las palabras de su madre cuando se marchaban: “Fía, esa rapazina… viva o muerta… tú tráilapa casa… ¡No la dejes pol mundo!”. La niña cumplió los tres meses ingresada, pero quedó bien. El último hijo, Jorge, tuvo que nacer en el hospital “porque venía atravesáu, que si no seguro que hubiera nacío en casa tamién”, señala.

Cuando sus tres hijos aún eran pequeños,  a Fernando, con 41 años, le detectaron una espondilitis anquilosante (artritis de la columna vertebral que provoca inflamación entre las vértebras e inflamación ocular) que le impidió volver a trabajar. Entonces Queta, con tres niños de doce, diez y cuatro años, tuvo que ponerse a trabajar fuera de casa para sacarlos adelante pues la paga que le quedó a su marido era muy pequeña y no alcanzaba para todo. Como ella estaba trabajando y Fernando sufría brotes que le postraban en cama y llegaron a dejarle ciego, los niños tenían que calentar la comida y comer solos cuando volvían de la escuela. Hasta que Jorge, el pequeño, le contó a su madre que sus hermanos tiraban la comida muchas veces y entonces Fernando se levantaba a comer con ellos para vigilarlos.

Fernando murió hace veintiséis años, cuando Queta tenía sesenta y ella siguió trabajando en el Economato hasta que se jubiló, “todo el mundo me conoz, porque trabayé veinticinco años allí”, cuenta, “diba andando a trabayar y venía en la línea de las tres todos los días y tuve la suerte de tener unos jefes muy buenos, pues siempre me dabenpermisupa acompañar a Fernando al hospital cuando y daben los brotes o tenía que dir a revisión”, explica, manifestando que “tuve una vida muy dura, pues mi madre siempre gastó mala salud y el mi hombre estuvo muchos años enfermu… desde que nació el primer fíu ya non salímos máspa ningún sitiu… siempre trabayando y cuidando… a mi madre, al hombre, a los neños…”. Así que “empecé a salir cuando me jubilé y a partir de ahí… ¡sí que disfruté de lo lindo!”, relata Queta. “Apuntéme al INSERSO y facía viajes con los pensionistas, íbamos un mes enteru a Roquetas de Mar, facíamos excursiones… Tamién me apunté a San Isidro y facíamosmuches rutes, de ocho, diez, doce kilómetros… Sí, disfruté mucho a partir de que me jubilé”, afirma, “hasta que empecé con los problemas de corazón y el aneurisma y me dijeron que tenía que llevar una vida tranquila y sin esfuerzos”. Actualmente, Queta vive con su hijo Jorge y su nuera, pues la nieta “ya se independizó y vive en La Pola”, aclara.

Recuerdos de la guerra.

Queta sólo tenía cuatro años cuando estalló la Guerra Civil y su recuerdo más vívido es el pánico que sentía durante los bombardeos. En El Tochal, donde vivía entonces, había un refugio construido por los mineros, al que todos los vecinos corrían en cuanto oían los aviones. Recuerda que su madre les decía siempre a ella y a sus hermanos: “Si no vos da tiempu a llegar al refugiu, echáivos en el suelu con los brazos abiertos… pa que pienses que sois ropa tendida”.

También rememora que en su casa de El Tochal estuvieron escondidos un tío y un primo suyos y, cuando los nacionales fueron a buscar a su tío, que estaba en una pomarada al lado de su casa, ella, entonces una niña de siete años, vio “temblar como una hoja” a su madre, que tenía a su hermano pequeño en brazos mientras la interrogaban los soldados. Y Queta, tan pequeña, que estaba a su lado,  sabía que su tío estaba en la pomarada y no les dijo nada. “Tanto me impresionó ver temblar de aquella manera a mi madre… que non dije ni mu”, recalca. Otra de sus vivencias, fue ver a su madre esconder la máquina de coser, “una Singer de mano”, tapándola con ortigas y escayos, para que no se la requisaran, en un prau donde estaba Queta llendando les vaques. Y a ella le puso delante todos los zapatos de la familia, también para que no se los llevaran si iban a registrar la casa, encomendándole: “Fía, si te pregunten que por qué tienes tantos zapatos aquí, dices que los trajiste palimpialos”.

Ya en la posguerra, con sólo nueve años, “iba con el burro de mi güelu a buscar lo que nos correspondía de la cartilla de racionamiento, ‘el suministro’ lo llamábamos, al Economato de Carbayín porque mi padre era mineru en Pumarabule”.

La mesa sucia y el moñu la maestra.

Queta iba a la escuela de Vega de Poja, donde eran sesenta niñas en clase y sólo había sitio para escribir en cinco mesas, en las que cabían veinte niñas. El resto no tenía más remedio que sentarse en un apolillado banco donde no se podía ni escribir, de tantos agujeros que tenía. Además las mesas estaban todas manchadas de la tinta que caía de los tinteros y l maestra les dijo a las niñas que quien limpiara una mesa, durante los recreos, tendría derecho a sentarse siempre en ella. Entonces Queta y su amiga Florentina, que entonces tenían once años, decidieron limpiar una mesa entre las dos, “yo llevé lija y barniz, porque mi madre vendía madreñes en la plaza y teníalo en casa y Florentina llevó lejía y cera”, relata, destacando que “estuvimos cinco recreos fregando y fregando la dichosa mesa hasta que la dejamos reluciente y, a partir de entonces, ambas tuvimos derecho a sentarnos siempre en ella”. Pero un día, estando Queta sentada leyendo en su mesa, “vino una de Careses y díjome: ‘Quítate de ahí que voy poneme yo en esa mesa a escribir’, ‘¡de eso nada!’, contesté yo, ‘que yo fregué la mesa y tengo derechu a tar en ella’”. Entonces intervino la maestra “como quien diz: ¡aquí mando yo! y vino a quitame por la fuerza: ‘¡Te quitas porque yo lo mando!, me dijo”, rememora. Y ahí… ¡Queta montó en cólera!... “Yo non sé qué me pasó… no me acuerdo ni lo que fize…”, expresaba, “porque debió dame como un ataque de nervios y cuando reaccioné ya taba la maestra, que vivía encima de la escuela, tomando tila y diciendo: ‘Jesús, Jesús, Jesús… en sesenta años que tengo nunca me pasó cosa igual. Jesús, Jesús… ¡nunca me pasó con una neña lo que me pasó hoy!’”. Parece ser, por lo que contaron las otras niñas, que una encolerizada Queta se abalanzó sobre la aterrorizada maestra intentando arrancarle el moño y ésta, incapaz de detenerla, salió huyendo despavorida. Cuando el incidente llegó a oídos de la madre de Queta, “no me pegó ni nada, porque yo contéi  la mi versión, pero empeñóse en que le pidiera perdón a la maestra y yo dije que ni hablar, que no iba a pedir perdón ¡ni aunque me matara!. Eso sí, la mesa ya no me dejó usala nunca más, pero yo nunca pedí perdón y… ¡ye el día de hoy que non me arrepiento!”, exclama.

El fútbol y la censura.

Fernando, el marido de Queta, era un gran aficionado al fútbol, “fíjate que yera el sociu número veintiocho del Siero”, destaca, y quería que fuera con él a ver los partidos”, así que “convencióme y un día fui con él y… ¡fue el día más aburríu que pasé en mi vida! Aquellos hombres venga correr y correr… pa un lao y paotru… yo no entendía una gota… ni pa qué corríen ni ná de ná”, así que le dijo a Fernando: “Mira fíu, tú vete al partido cuando quieras pero yo non vuelvo”.

Otro de sus recuerdos es que, cuando eran novios Fernando y ella, venían caminando por la carretera y “non podíamos ni tocanos… y eso que ya nos íbamos a casar… porque si nos vía alguien era muy gorda… Figúrate que si me llevaba cogida por los hombros y venía alguien, teníamos que separanos… así que, si pasaba un coche, ¡un pa cada esquina!”. Por eso “de los tiempos de ahora gústame que haya llibertá, que non haya el tabú que teníen con nosotros, que nos amargaben la vida… pero ahora ye demasiáodescaráo… a mí, que quiés que te diga, eso de que se besen y faigan de todo sin guardase de nadie… no me paéz bien”, aunque “eso sí, ahora viven más relajáos, porque hay muchos adelantos y tienen los fíos que quieren tener, antes yera un sin vivir… aunque tampoco yera que antes non se hiciera lo mismo que ahora, sólo queguardábense”, porque “mira, les muyeres de por aquí, les del tiempu mi madre, todes fueron embarazáes a casase… y encima cortejaben con tres o cuatro… así que cuando quedaben en estao… ¿de cuál yera? Por eso pienso que la única diferencia ye que antes guardábense les apariencies y ahora… ¡ye demasiáodescaráo!”, puntualiza, “porque oye, si quieres puedes facer lo que quieras, pero non ye necesario que te vea nadie, creo yo”.

Les tiendines al aire y los preservativos.

Cuando nació el tercer hijo de Queta, el médico le recomendó que procurara no tener más, ya que podía correr peligro incluso su vida. Entonces Fernando llegó un día a casa con una caja de preservativos y “cuando me los enseñó, yo pregunté: ‘¿Pero eso pa qué ye?’, ni los conocía, ni los había visto en mi vida, ni sabía que existíen siquiera… porque no nos informaben de nada; por lo menos ahora la gente ta más informáo”, destaca. “A Fernando comprábai los preservativos un compañeru en unes tiendines al aire que había entonces en Les Campes, donde ta ahora Comercial González, y que vendíen de todo… ni farmacia ni nada”, explica.

El Orange y la casa de citas.

Un día que, ya casada, Queta acompañó a su madre al médico a Oviedo, quisieron aprovechar para visitar al maestro de las escuelas de La Cabaña, que vivía allí. De tanto buscar la calle, les entró la sed y, como en ese momento pasaban por delante de un chigre, su madre le dijo: “Mira, entramos aquí y tomamos un Orange”, un refresco de moda en la época que a ambas les gustaba mucho. Pero Queta se opuso diciendo: “Home madre, ¿por fuerza vamos a entrar aquí que ye todo hombres?... Encontraremos otru…” Y entonces “ví unes mozes en un bar, así vestíes de coloráo, pensé que sería un uniforme o algo… y dije yo: ‘Mira madre, ahí hay un bar que ye de muyeres, vamos a entrar en esi’, pero, en cuanto nos sirvieron, ya me dijo mi madre muy misteriosa: ‘Non eches el Orange en el vasu, bébilu por la botella que me paez que no entramos en buen sitiu’, y salimos enseguida”. Cuando por fin llegaron a casa del maestro y le explicaron dónde era el bar en el habían tomado el dichoso Orange, “el hombre non daba vuelta a la risa”, exclamando: “Pero bueno… ¡tanto como hay en Oviedo y fuisteis a entrar en una casa de cites!”. “Imagínate que algún conocíu nos hubiera visto salir de allí, tal como yeren les coses en aquellos tiempos”, subrayaba Queta.

La familia.

Queta tiene un hermano, el pequeño, que vive en Gijón y sus tres hijos le han dado cinco nietos. Todos ellos, junto con sus parejas, vendrán a la comida que la Asociación de Vecinos San Martín de Vega de Poja está organizando para el próximo sábado 17 de noviembre en la parrilla Los Robles para homenajear a seis mayores de la parroquia, Queta entre ellos. Quince familiares en total arroparán orgullosos a esta gran mujer que tan dura vida tuvo… que tanto trabajó… tanto luchó… a tantos cuidó… y a la que tanto le deben.

Los otros cinco homenajeados serán: Blanca Cayado Canal, Nélida Suárez Suárez, Faustino Colunga Friera, Carmen Navia Cardalda y Faustino Ordiales Álvarez. Todos ellos tendrán su capítulo en próximas ediciones de El Tapín, un homenaje muy pequeño para lo mucho que se merecen.