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“La tienda de Ana” y “El Ferradal”: dos tiendas de comestibles tradicionales que abren los domingos.

Publicado el 03/06/2018
El tapin “La tienda de Ana” y “El Ferradal”: dos  tiendas de comestibles tradicionales que abren los domingos.Javier atendiendo a una clienta en “El Ferradal”.

Solamente tres tiendas de comestibles, de las de toda la vida, han conseguido sobrevivir, en la Pola, entre las muchísimas que había hace años. Dos de ellas abren los domingos en su lucha por sobrevivir ante la desigual competencia con los supermercados: “La tienda de Ana” y “El Ferradal”.

“La tienda de Ana” está situada en la calle Torrevieja número 2. Ana es la encargada de realizar todo el trabajo en su pequeña tienda, que aún conserva el ambiente de las “tiendinas” de toda la vida. Ella es una profesional de tradición familiar, que vivió el oficio desde niña, ya que sus padres regentaban otra pequeña tienda. La actual fue abierta también por su padre, siendo Ana, tras su muerte, quien tomó el testigo del negocio, en 1982.

El horario de apertura abarca de lunes a domingo y, durante la semana, su clientela está compuesta fundamentalmente por vecinos del barrio. Es el domingo cuando “viene gente de todo tipo, de otros barrios, de pueblos de los alrededores y gente que está de visita en la Pola” y en verano “viene mucha gente a comprar pan, embutidos, pasteles y bebidas frías para llevar a la playa”. No puede permitirse contratar a nadie que la ayude pues “el negocio no da para ello” y por tanto es ella quien realiza todo el trabajo. “Soy yo sola para colocar, limpiar, atender…” ya que “la tarea no consiste sólo en atender al público, detrás hay mucho trabajo que no se ve; hay que prepararlo todo por la mañana, la frutería, el pan y toda la mercancía que llega”.

Confiesa que decidió abrir en domingo por una cuestión de “pura supervivencia”, ya que así consigue ampliar un poco sus ventas, muy disminuidas por la competencia de los muchos supermercados que se han ido instalando en la villa. “No tienes más que mirar todas las pequeñas tiendas que había hace años en la Pola y ahora sólo quedamos tres: “El Ferradal”, la tienda de La Isla y yo. Lo demás son todo supermercados. Es normal que hayan ido desapareciendo casi todas las tiendas de comestibles, mira el tamaño de la Pola y tenemos…¡once supermercados! Tenemos las de perder en todo. Dicen que crean puestos de trabajo y pagan impuestos, pero eso es muy relativo, porque yo me acuerdo de que las tiendas de antes todas tenían una o dos dependientas y eran empleos para toda la vida, o hasta que ellas quisieran, y con un trato familiar y de confianza”. Afirma que “no quiero ser la más rica del cementerio, sólo aspiro a vivir dignamente”.

“El Ferradal” es también una tienda con solera, que tuvo al matrimonio formado por Conchita y Pepe al frente del negocio durante muchos años y que, desde diciembre de 2015, está regentada por Natalia y Javier, una joven pareja que ha optado por esta forma de autoempleo con toda la ilusión del mundo. Está situada en la céntrica calle Marquesa de Canillejas, número 9.

Ellos también abren todos los días de la semana, incluidas las mañanas de domingos y festivos de 9 a 2. Su clientela es muy variada “gente joven y mayor, vecinos del barrio y gente de paso”, ya que la tienda está muy bien situada. Tienen clientes de todos los días y también personas que hacen su compra de forma semanal. Llevan pedidos a domicilio y también disponen de sección de carnicería. Ellos también manifiestan que los domingos “se vende muy bien, bastante más que en un día normal”, ya que “hay gente fija que viene también ese día y clientes que sólo vienen los domingos porque trabajan. Incluso nos hacen la compra de la semana precisamente el domingo, porque el resto de la semana no pueden”, afirma Javier.

Natalia y Javier son muy conscientes de sus desventajas frente a los supermercados, pues “no podemos competir en publicidad, ofertas, aparcamientos… aunque el tema de las ofertas es muy relativo porque a veces ponen dos ó tres cosas muy baratas, para atraer a la gente, y luego suben el precio en otros productos”, explica Javier. Natalia apunta que “ellos pueden comprar al por mayor, más barato y tener más variedad; pero nosotros podemos competir con un trato más humano y personalizado”. Ambos opinan que los pequeños comercios pagan, en proporción, más impuestos que los grandes que, además, disfrutan de beneficios fiscales y subvenciones para crear empleo, mientras que “nosotros no tenemos opción de contratar a nadie, porque las ventas no dan para ello”, y es “tirar, tirar y tirar… y pegarnos entre los pequeños, porque de competir con los grandes olvídate”, lamenta Javier. Natalia también señala que entre los consumidores parece que se ha instaurado una mentalidad de “voy al supermercado porque es más barato y me regalan esto o aquello” y, al final, “el regalo lo estás pagando en la carne o en otros productos; sí, te lo regalan pero al final te lo cobran”. En este sentido, a ella le llama mucho la atención cuando algún cliente le dice:” ¡Anda, pero si esto lo tenéis más barato que en el supermercado!”. Y se muestra sorprendidísimo. Piensa que “hay un mito de que en las pequeñas tiendas todos los productos están más caros y en realidad tenemos muchas cosas que están igual o incluso más baratas. Y no sabes por qué no funciona, quizás por esa mentalidad que se ha instaurado de dar por supuesto que todo es más barato en el supermercado, cuando no es así”. “Otro de los inconvenientes es el aparcamiento”, manifiesta Javier, e incluso “muchas veces se cortan calles o se quitan aparcamientos por la celebración de diversos eventos”. Natalia sabe que “hay personas que trabajan en Oviedo o en Gijón que acaban comprando allí porque les resulta más cómodo que parar en la Pola y buscar dónde dejar el coche para poder hacer la compra. Al final lo local no se potencia”.

Parecen bastante necesarias reformas legales y apoyos institucionales para favorecer la supervivencia del pequeño comercio, que alegra y da color a nuestras calles, pero también cada uno de nosotros puede colaborar. Si queremos tiendas de barrio, tenemos que comprar en ellas. Por solidaridad, por ayudar a esos pequeños comercios que aguantan, como el poblado de Astérix, frente a las grandes cadenas de supermercados, hipermercados y grandes almacenes. Por interés propio, porque si compramos en ellos se mantendrán, y harán una ciudad más humanizada y sostenible y seguiremos teniendo barrios donde los vecinos nos saludan por la calle y los tenderos te llaman por tu nombre, conocen tus gustos, te asesoran en la compra si lo necesitas… e incluso te “fían” si ese día has olvidado la cartera en casa; precisamente porque te conocen.

Quizás deberíamos pasar, de vez en cuando, por esas pequeñas tiendas donde Ana se estará interesando por la salud de su vecina mientras le despacha el embutido; o Javier te improvisará un truquillo para que la carne que te está preparando quede más sabrosa, mientras que Natalia te explicará la diferencia entre la manzana “Red Delicious” y la “Jonagored”, para que puedas elegir la que le gustará más a tu familia. Y esto se puede aplicar a todos los pequeños comercios que todavía quedan en Pola de Siero… Seguro que Ana, Javier, Natalia, Cuca, Flori, Chema, Esther…y tantos otros, nos lo agradecerán y nos atenderán estupendamente. A ver si, entre todos, conseguimos que la Pola siga siendo como aún es…

Quizás la próxima vez que nos preguntemos: “Pero… ¿cuándo cerraron la tienda que había en la esquina?”, la pregunta correcta seria: “Pero… ¿cuándo fue la última vez que entré en esa tienda?”.